Periodismo

Soy de esas personas a las que le gusta echar la vista atrás cada vez que termina una etapa, cada vez que vuelve a empaquetar todas sus pertenencias para poner rumbo a otro sitio. Hay que embarcarse en nuevas experiencias, hay que vivir la incertidumbre, el qué pasará, el dónde iré y el mañana qué haré distanciado de las certezas, que en parte nos hace estar vivos. Incluso podría estar incluida en ese grupo que agradece año a año lo que ha aparecido, lo que se ha ido, lo bueno, lo menos bueno y lo realmente malo. Podremos decir que aprendemos de todo y de todos. Nunca cierren los ojos, jamás aletarguen un sentido; no van a saber dónde se encontrará la lección del día. 

Si tienen un hijo, primo, hermano, etc., al que le encante leer, déjenlo. No le corten las alas. No le priven de ese momento en el que puede establecer un único diálogo, porque nunca será igual al de otra persona, entre él y las páginas de su libro. Dejen que concentre sus cinco sentidos en ello. Terminará con una gran capacidad lingüística. Quizá quiera ser químico, físico, astronauta o abogado. O quizá, por aquello de las historias, del lenguaje, del imaginario, de la creatividad y del cuadrar en nuestra cabeza historias y moldearlas a nuestro gusto termine siendo periodista. Tampoco le paren. Probablemente no sea la mejor profesión del mundo, seguro que sigue sufriendo una alta tasa de paro de aquí a unos años, con casi total seguridad no tendrá un sueldo “decente” y se le olvidará qué son las vacaciones, pero no le eviten ese placer. No le eviten la indescriptible sensación de contar historias, de meterse dentro de ellas pero con sumo cuidado para no pisar la línea que le introduce en escena, de dibujar la fina diferencia entre ser cotilla y ser curioso, de poder establecer una relación íntima con cada personaje que pasa por su lado con solo hacerle unas preguntas y echar un vistazo a su alrededor.

No vengo a dejar plasmada mi queja como otras veces, no vengo a hablar de lo bestia de vivir el periodismo. Prefiero hoy ver lo colorido, lo alegre y aquello que anima a seguir, ya vendrán las tormentas. Estoy aprovechando este tiempo de tonteo y embobamiento que se produce en el amor, en el que la sonrisa escapa sola y en el que ceder no cuesta nada; en el que es difícil ver los defectos al otro y vérselos a uno mismo. En ese punto me encuentro en mi relación con el periodismo. En el punto en que he aprendido lo suficiente para saber que no todo será un camino de rosas, pero tampoco plagado de espinas y en el que los grandes y los pequeños periodistas han ido dejando su lección impresa que irán ampliando día a día. 

Seguramente conocerán a alguno, más o menos idealista o positivo. Nunca pierdan la ocasión de conocer a un periodista. Tengan cuidado para no equivocarse y perder su tiempo en conocer a un todólogo; esa involución de la especie carece del rigor y la mesura, pondrán pasión durante un tiempo, pero terminarán cansándose o cansándole llevando un discurso unificado, repetitivo y falto de argumentación de acá para allá. Un asunto de Estado será una buena conversación para un periodista, intentará no emitir juicios prematuros, aunque deslice su opinión. En un debate no escatimará en razones, ejemplos y argumentos. Al escuchar el fino e intenso debate sobre la existencia de la objetividad se posicionará de una manera clara: la objetividad no existe; solo existe la honestidad y el compromiso con la veracidad, ni siquiera con la verdad. Les he contado que son metódicos, que se fijan en los detalles, que esculpen realidades de tan solo unas piezas de mármol, pero no lo olviden: solo ven a su interlocutor de frente, de espaldas o de lado, casi nunca en 360º; conocen a su protagonista por fuera e incluso por dentro, pero existen parcelas reservadas solo para unos pocos. Y existe su mirada, la del que se fija en una sonrisa sincera o en unos ojos vidriosos; en unas manos trabajadoras o en unas uñas mordidas nerviosamente. No siempre será la misma mirada. Por esto mismo y porque errar es humano no maten al mensajero. No siempre será él quien gire su mirada y la fije allá donde interesa solo a unos pocos.

El calamar se parece al periodista en dos cosas fundamentales: en que puede tomar a voluntad el color que más le convenga y en que se defiende con la tinta. Julio Camba

Un segundo final, algo más realista y “mafaldista”. 

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