Mi vecina del segundo

Mi vecina del segundo tiene historia. Porque no solo los que ocupan las portadas de los periódicos, abren telediarios o protagonizan debates y tertulias han constituido un punto clave en la historia. Mi vecina del segundo es más que octogenaria. Mi vecina del segundo es de esas personas anónimas que en su juventud construyeron lo que hoy vivimos, con sus sombras de precariedad, sus indicios de que unos pocos nos han robado y la certeza de que no nos queda otra que seguir remando.

Conozco a mi vecina del segundo desde hace dos meses, cuando decidí que quería respirar el aire contaminado de Madrid y sortear las escaleras averiadas del Metro. Pero eso no es relevante. La protagonista de esta historia es mi vecina del segundo, luciendo sus grandes pendientes de piedras moradas, fucsias, aguamarina y blancas. Su metro cincuenta de estatura no dice mucho, pero cruzársela en el portal es garantía de que, cuando subas las escaleras, serás un poco más sabia que antes de abrir la puerta del portal.

Mi vecina del segundo vive sola. Cuando la veas, te explicará que sale a dar una vuelta, porque ha visto por la ventana que hace sol, y que tomar el aire siempre está bien. Hasta que un día te sorprende y deja la meteorología a un lado, los paseos pasan a segundo plano y descubres que mi vecina del segundo te apremia a cada palabra a vivir la juventud, a que no la desaproveches, mientras te agarra un moflete, con ese gesto que solo quien es abuelo sabe reproducir.

Un día se olvida de sus paseos a media tarde por Chamberí para hablar de lo bonito que es encontrarse hoy en día a niños y jóvenes bien educados, que saludan y sujetan la puerta, que responden con respeto a sus mayores. Y no sabes por qué hoy éste es el tema de conversación y no lo bueno que es pasear en los días de sol. Pero mi vecina del segundo sabe lo que hace cuando comienza una conversación.

Mi vecina del segundo quiere que seamos jóvenes porque ella nunca lo fue. Y lo cuenta con la dureza del recuerdo vivo que resiste setenta años en la memoria, pero con la serenidad de aquel que solo intenta abrirte los ojos. Mi vecina del segundo no fue joven porque fue madre. Ésa fue su frase. Fue una madre pequeña, joven y de manera precipitada por los acontecimientos de aquellos años.

Los finales de los años treinta trajeron a mi vecina del segundo una maternidad sobrevenida de varios niños y sin nueve meses de gestación. Esta octogenaria pasó de ser hermana a madre en un día. El día en que sus padres entraron a prisión por ser republicanos. Mi vecina del segundo cuenta con serenidad que su padre fue enviado a Ventas, donde podía visitarlo, pero pocas veces. Mi vecina del segundo hizo historia al convertirse en cabeza de familia y sacar adelante a todos sus hermanos. Mi vecina del segundo hizo historia al no tirar la toalla. Pero sobre todo, mi vecina del segundo hizo historia al aprender en aquella época que uno de sus objetivos en esta vida es despertar a los jóvenes aletargados.

Mi vecina del segundo es una mujer sola, pero no se siente sola. Te abraza al encontrarse contigo en el ascensor, porque concentra en apenas metro y medio la energía suficiente como para, a sus ochenta largos años, decirte que vivas, que la juventud es muy corta, que la disfrutes por aquellos que no pudieron, por todos los jóvenes a los que convirtieron en padres, en cabezas de familia, en guías. Mi vecina del segundo habla con la seguridad del que se sabe aprendido en esta vida, de aquel al que las tempestades han llevado de acá para allá formando en cada golpe una cicatriz que no cura, pero que enseña.

Mi vecina del segundo insiste en recordar dónde vive cada vez que te la cruzas en las escaleras. Porque ella necesita unos oídos que escuchen los casi ochenta años de recuerdos que lleva a la espalda, la historia que jamás han contado en el colegio, ni en Wikipedia, ni en los libros, ni en las películas. Los episodios que unos cuantos se empeñan en borrar de la existencia. Las historias, la Historia, de aquellos que, en su casa y con apenas quince años hicieron historia.

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